Desde los campaniles de plata de la basílica de los querios, los dulces tañidos llaman a los muertos. No sabe el maestro si es la última llamada de la noche o la primera del día; quizá un dedo poderoso, en el horizonte oculto de Levante, ya ha rozado la negrura de la noche dejando un trazo de ceniza.
El maestro sale a la terraza. Mira la cúpula oscura rociada por miríadas de fuegos blancos. Dos antorchas iluminan las tinieblas con lenguas amarillentas y dispersos puntos de luz de los templos y los edificios públicos agujerean las sombras de la ciudad nocturna. El aire está quieto y caliente, pero un aroma sutil de sal y flores alivia el bochorno.
El maestro pasa sus recias y ásperas manos por la cabeza calva y frota su cara barbada. Sumerge una mano en el agua de la tinaja; la saca bruscamente y la agita. Retrocede unos pasos para buscar un cántaro entre los cachivaches arrimados al muro. Se acerca al aljibe, llena el cántaro de agua fría y la vierte en la tinaja.
Se desprende de la camisa y del calzón que deposita en una banqueta y se sumerge en la tinaja. Apoya los antebrazos y la nuca en el borde, alarga el brazo y coge de otra banqueta una naranja que tiene preparada en un platillo. Pela con lentitud la fruta y arroja los trozos irregulares -hexágonos, círculos, pentágonos deformes- al suelo. Muerde el fruto sin separar los gajos y deja que el zumo le corra por la barbilla, el cuello, el inicio del torso y llegue al agua tibia.
El maestro vuelve a mirar con serenidad y ensoñado las estrellas y las constelaciones: la Falcata, la Madre Fértil, el Cachorro, el Huérfano, el Candil, los Aretes,…
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