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No es fácil saber cómo ha de portarse un hombre para hacerse un mediano lugar en el mundo.
Si uno aparenta talento o instrucción, se adquiere el odio de las gentes, porque le tienen por soberbio, osado y capaz de cosas grandes... Si es uno sincero y humano y fácil de reconciliarse con el que le ha agraviado, le llaman cobarde y pusilánime; si procura elevarse, ambicioso; si se contenta con la medianía, desidioso: si sigue la corriente del mundo, adquiere nota de adulador; si se opone a los delirios de los hombres, sienta plaza de extravagante.
Cartas Marruecas. José Cadalso.

lunes, 25 de junio de 2012

Un referéndum secesionista



Siguiendo con el asunto.








Un referéndum secesionista
Pedro Ibarra · · · · ·

24/06/12


Hay democracia cuando una nación puede decidir sobre su autogobierno

El pasado 5 de junio se publicó en la cuarta página del diario EL PAÍS un articulo del abogado bilbaíno José María Ruiz Soroa en el que proponía un referéndum en favor de la secesión de País Vasco. La propuesta resultaba sorprendente en cuanto que el letrado Ruiz Soroa se presenta, en ese mismo artículo, como un convencido nacionalista español y, por tanto, un decidido adversario de las pretensiones nacionalistas vascas. Sorpresa solo aparente. La propuesta no describe su súbita conversión hacia el nacionalismo vasco, sino una —supuestamente astuta— estratagema para lograr precisamente lo contrario. Descalificar, deslegitimar y paralizar el discurso y las reivindicaciones nacionalistas vascas. El truco funciona así. Los nacionalistas vascos acusan a los nacionalistas españoles en general, y a su Estado en particular, de no ser demócratas por no permitir que los vascos puedan elegir separarse de España. A Ruiz Soroa, quien se define también como demócrata, le irrita que le acusen de antidemócrata sobre todo si tal acusación proviene de los nacionalistas vascos a quienes desprecia con auténtico entusiasmo. Pero, por otro lado, no puede llevar sus deseos democráticos hasta el extremo de permitir que los vascos decidan la separación. La unidad de España está por encima de todo. ¿Cómo solucionar este dilema (el dilema de Ruiz Soroa)? Estableciendo un referéndum que exija en favor de la separación mayorías muy cualificadas (3/5) y, además, en todas las provincias. Los nacionalistas vascos que, según Ruiz Soroa, evidentemente saben que tales resultados son imposibles de lograr, rechazarán el referéndum. Aquí surge el perfecto resultado. Ya nunca más podrán los nacionalistas vascos acusar a los españoles de ser antidemocráticos (¡son los nacionalistas vascos los que se oponen al referéndum!). Y, por otro lado, la unidad de España queda a salvo. La unidad y los principios democráticos. Toma ya.

El truco es conocido y demasiado simple. Recuerda la teoría y práctica de Stalin sobre la autodeterminación de la naciones “incorporadas” a la Unión Soviética. Por supuesto —decía Stalin— que tienen derecho a autodeterminarse y separarse de la Unión. Faltaría más. Pero yo (Stalin) decido qué requisitos generales deben existir para poder ejercer tal derecho, y yo (Stalin) decido si tales requisitos se dan en la práctica, en la concreta nación que quiere autodeterminarse. Resultado. No se concedía el ejercicio de derecho autodeterminación porque el Gobierno soviético (o sea Stalin) decidía que —¡mala suerte!— no se daban en ese caso los requisitos exigidos. Unas normas provenientes del Gobierno Central soviético y, por tanto, exteriores a la nación con pretensiones de autodeterminación, establecían cuándo esa nación podía definirse a sí misma como tal nación y establecían cómo y cuándo podían ejercer la autodeterminación.

El ejemplo del estalinismo nos permite ver desde lejos —desde muy lejos— la trampa de la argumentación de Ruiz Soroa. Yo (o bueno, mi Estado español) establezco los requisitos para que Vd. (pueblo vasco) pueda ejercer un derecho. Pero los establezco de tal forma, con tales condiciones, que su ejercicio resultaría imposible o indeseable para el que lo reclama. Se ve demasiado la estratagema antidemocrática. Más todavía. Todo el operativo que monta Ruiz Soroa para sentirse español y demócrata a un tiempo, nada tiene que ver con la… democracia.

En este asunto de la autodeterminación las exigencias democráticas funcionan de la siguiente manera. Hay democracia cuando una nación puede decidir sobre su autogobierno. Es decir, la democracia hace referencia a la autonomía para decidir. No a los resultados de la decisión. En el terreno de los derechos individuales, hay democracia cuando cada ciudadano puede libremente elegir a varios candidatos. El hecho de que elija a uno u otro es algo indiferente desde una evaluación democrática. En lo de la autodeterminación la situación es la misma. Hay democracia cuando el conjunto de individuos que conforman una comunidad, en este caso una comunidad nacional, tienen irrestricta capacidad para colectivamente decidir sobre cómo quieren autogobernarse. Irrestricta capacidad quiere decir que ningún poder político —ni de ninguna otra clase— externo a esa comunidad, debe decir si la misma tiene esa capacidad decisoria y cómo y hasta dónde debe ejercerla. Lo que en concreto decida luego esa comunidad en el ejercicio de esa capacidad, de ese derecho de ejercicio colectivo, no es asunto que afecte a la democracia siempre que se salvaguarden los derechos fundamentales de todos. Volviendo al ejercicio democrático del derecho a votar, el que nuestro ciudadano vote por ejemplo al Sr. Basagoti puede resultar una más adecuada y sabia decisión que votar al Sr. López. Pero no es una decisión que tenga que ver con la democracia. Que la mayoría de los miembros de una comunidad nacional, en su democrático derecho de decidir su autogobierno, elijan por mayoría la confederación frente a la independencia en sus relaciones con otra comunidad nacional, puede ser una certera y sensata decisión, pero, en modo alguno, más o menos democrática, porque no es asunto relacionado con las exigencias democráticas.

El conflicto democrático se sitúa al principio del proceso de autodeterminación. Las autoridades españolas y también Ruiz Soroa serán demócratas, aplicarán principios democráticos, cuando permitan que la mayoría de los residentes en la comunidad autónoma de País Vasco se afirmen como nación y, en consecuencia, también afirmen que tienen plena capacidad para decidir lo que consideren conveniente sobre su autogobierno. Y serán demócratas cuando se comprometan a respetar tanto la específica decisión que esa nación vasca tome al respecto, como las normas para tomarla elaboradas por esa misma nación. Lo que luego ocurra, lo que luego en concreto se decida, puede resultar inconveniente o lamentable o maravilloso, pero nada tendrá que ver el resultado con los requerimientos democráticos. Hay democracia cuando no se impide que un sujeto individual o colectivo decida autónomamente sobre su autogobierno individual o colectivo. Y punto.

Dicho lo cual tampoco pasa nada. Le honra a Ruiz Soroa preocuparse por estas cuestiones democráticas. Pero tampoco debe agobiarse demasiado por que no le consideren demócrata sus detestados nacionalistas vascos. No hace falta que se invente estratagemas argumentativas para demostrar su inquebrantable pureza democrática. En lo de la autodeterminación la democracia tiene unas —y no otras— exigencias. Y si no se cumplen —como, de hecho, no se cumplen— pues eso. Que en ese punto no se practica la democracia. Pero no hay porque alarmarse. Hay cosas peores. Mucho peores.

Pedro Ibarra es profesor jubilado del Departamento de Ciencia Política de la UPV/EHU (Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea).



Buonarroti



2 comentarios:

  1. No me importa tanto el hecho de que las Vascongadas o Cataluña decidan o no ser independientes sino la razón (o la sinrazón) que se supone que hay detrás. Todos los nacionalismos institucionales son insolidarios y predican la desigualdad entre los hombres sólo por el hecho de haber nacido en un lugar diferente.
    Los nacionalismos han traído grandes desgracias para muchos y grandes beneficios para muy pocos. A su calor florecen el clientelismo y todas sus maneras de corrupción soterraña. Los pueblos nacionalistas suelen ser paletos en esencia, sus miembros cerriles, garrulos e incapaces de cualquier forma de pensamiento crítico; esto los hace manipulables.
    Quien agita con fuerza una bandera y encarna en ella un sentido más o menos definido de nación (fabulada en el caso vasco, histórica en el caso catalán) es porque espera que le paguen por ello.
    Asco me dan.
    Finalmente, en todas las naciones hay un germen fascista (o estalinista, que igual da). No hace falta un paí de la extensión de la URSS para parir grandes monstruos. Llámalo Arzallus, me parece bien, llámalo Otegi, mejor todavía.
    ¡Ah! ¡Ya! El hecho diferencial... Mi patria es Algeciras, dijo Tariq.

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  2. Y ya que estamos echando pestes sobre los nacionalismos, hoy he saludado a mis amiguetes germanos con esto:

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