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No es fácil saber cómo ha de portarse un hombre para hacerse un mediano lugar en el mundo.
Si uno aparenta talento o instrucción, se adquiere el odio de las gentes, porque le tienen por soberbio, osado y capaz de cosas grandes... Si es uno sincero y humano y fácil de reconciliarse con el que le ha agraviado, le llaman cobarde y pusilánime; si procura elevarse, ambicioso; si se contenta con la medianía, desidioso: si sigue la corriente del mundo, adquiere nota de adulador; si se opone a los delirios de los hombres, sienta plaza de extravagante.
Cartas Marruecas. José Cadalso.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Ya llegó, ya está aquí.


Denostábamos, mirando de reojo, la tesis del fin de la historia por su débil cimiento con aire de american way of life; criticábamos el profesoral y wasp choque de civilizaciones y sus tonos intelectuales de otro tiempo; cloqueábamos de indignación ante una posmodernidad ad hoc frívola y juvenil que nos dejaba, por nuestra irredenta modernidad, como viejecitos decentes pero gagás. Hemos arremetido con nuestros mejores arietes dialécticos para poner en evidencia la falta de sustento racional de las tesis neoliberales y su carácter trapacero; hemos plantado cara al neoconservadurismo belicista cuando los pueblos se pusieron en pie; hemos avisado del deterioro ecológico perpetrado por el productivismo imprudente y voraz; hemos jaleado la disidencia del poder hegemónico aunque esa disidencia no mame de nuestras mismas ubres; hemos temblado como adolescentes pudorosos y alegres cuando los indígenas nos daban lecciones de democracia y razón populista… Permanecíamos en “stand by”, agazapados, rumiando viejas consignas, aggiornando los lemas, dando vueltas a las esperanzas, esperando,…

Y por fin la crisis del sistema –antigua, permanente, angustiosa pero difusa mientras no se encarna en lo económico- ha eclosionado. Naturaleza (erosionada), cultura (desorientada), sociedades (escindidas) aguantan lo que les echen (todavía), siempre que aún haya un empleo (precario) que mantenga a la familia en el nivel de la subsistencia. Sin embargo, la salvaje avaricia de los brokers y los banqueros y su falta de ética y estética han conducido el vehículo del sistema a caer por el terraplén. La cuestión está ahora en ver si estos conductores necesariamente retomarán ese derrotero o si reformándolos o sustituyéndolos cabe que el sistema lleve el rumbo de su pervivencia. Liberales antiguos y socialistas jóvenes refrescan la lectura o leen por primera vez a Don Carlos para enterarse de que el capital desaforado genera una superproducción inasumible por los consumidores y que las inversiones degeneran en fáusticos experimentos especulativos, cuando no en geométricas estafas.

El liberalismo decimonónico (con su mocedad) y su trasunto socialdemócrata (el primer neoliberalismo, el de la segunda mitad del XX) controlaban desde el estado, políticamente, la economía, modulaban el consumo y la inversión a conveniencia, para, según unos, hacer de la necesidad virtud y aprovechar los desfallecimientos capitalistas para cargar en el erario público las faltas; para, según otros, humanizar y socializar el sistema vigente o reformarlo hasta donde fuera posible. En cualquier caso, este es el welfarismo al que ahora se apuntan algunos, caídos del caballo neolib camino de Damasco, o que sirve (por la mera mención de proyectos humanistas) para acusar al primer presidente USA no-blanco de cripto-socialista. Esa sería una solución progresista y sensata a los problemas que nos acucian, dicen. Vuelta al crecimiento desde el flanco de la humanización del sistema, de la optimización de las condiciones de las franjas medias y populares, para así reactivar la fluidez del proceso económico por el consumo de las rentas del trabajo sólidas, productivas y protegidas de las inclemencias de la vida familiar y social. Es decir, vuelta a un productivismo para asignar rentas a las franjas sociales medias y bajas, sin necesidad de redistribución y coste para las rentas altas.

El liberalismo desvergonzado y sin complejos de Thatcher/Reagan, el neoliberalismo neoconservador, que se explayó tras la Caída del Muro, ha llevado la distribución de las rentas a los extremos usando el monetarismo, la regresión fiscal, la flexibilización interesada de los mercados financieros, degradando la mercancía trabajo con la precariedad y la pérdida de condiciones laborales ganadas décadas atrás, privatizando los servicios públicos. Y ese hiper-beneficio que se ha arracimado en las rentas del capital haciendo palanca contra las rentas del trabajo abre la brecha, sin conseguir por su lado afianzar las rentas de los empleados ni crear empleo en grado suficiente. El consumo, santo grial del sistema, no remonta, pues las rentas de capital más que ahítas no necesitan consumir y toman la deriva del ahorro y la inversión en terrenos ignotos… tan ignotos como son los virtuales de la especulación financiera y los truculentos experimentos madoffianos.  Esta catástrofe, si no emprendemos el camino santurrón del welfarismo y nos mantenemos en la dogmática neolib, se salvará con dosis de inyecciones a bancos y fondos para que recuperen su tono muscular de liquidez, una cuarentena de proteccionismo y una bajada de impuestos para enjuagar deudas y retornar al mágico consumo.

No obstante, tanto el neoliberalismo keynesiano estimulador de mitad del XX como el dogma neoliberal neoconservador de fines de siglo, son para nuestros ojos esteparios la variante amable y la variante perversa del dios bifronte, el Jano capitalista. Uno y otro  confían en una manera de hacer y vivir regida por una búsqueda irrefrenable de la producción para saciar a una clase ociosa y desmesurada. Humanizar las condiciones de producción para mejor vivir y así poder mejor alimentar a las altas rentas o individualizar los cauces de afirmación social para exacerbar los éxitos económicos. En cualquier caso, la vida social e individual para la competencia económica, no la economía para la humanidad.

Pues bien, ahí la tenemos y ahí estamos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Coadyuvar a la refundación del capitalismo o construir alternativas? ¿Dedicarnos a la cosmética o a la poética? Hay que redistribuir las rentas, condonar deudas al Tercer Mundo, instaurar la tasa Tobin, impulsar las soberanías alimentarias y energéticas, dar forma a la razón popular en modos de democracia participativa, hacer estado para construir sociedad y defender el empleo y las condiciones de los trabajadores, en especial de los excluidos y precarios. Pero, sobre todo, tenemos que comenzar una pedagogía que enseñe que ya no cabe consumir y producir a cualquier precio, que junto al reparto de las rentas, cuya restitución hay que reclamar, también tenemos que aprender a construir un nuevo modelo cultural que equilibre un uso moderado del tiempo de trabajo con un empleo universal para una vida humana. Porque como dice Jorge Riechman “quien no sabe desprenderse de una ventaja ganada por su ascendiente ha abrazado ya la profesión de verdugo”.

Es simple. Queríamos una oportunidad. Ahí la tenemos, menos magnífica y formidable que la que ya tuvimos, menos épica (no olvidemos, empero, el aviso del clásico, “no hay cambio de clase dominante sin coerción de la clase dominante”; pero esa es otra historia, por el momento). Es hora de humildades,  de un camino largo y moroso de pequeños pasos, creo. Y nosotros, como sindicato, reivindicando frente al patrón, desde los principios. Como siempre hubo que hacer.



martes, 6 de diciembre de 2011

Gris y negro

Elevación

Por encima de estanques, por encima de valles,
De montañas y bosques, de mares y de nubes,
Más allá de los soles, más allá de los éteres,
Más allá del confín de estrelladas esferas,

Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad
Y como un nadador que se extasía en las olas,
Alegremente surcas la inmensidad profunda
Con voluptuosidad indecible y viril.

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
Sube a purificarte al aire superior
Y apura, como un noble y divino licor,
La luz clara que inunda los límpidos espacios.

Detrás de los hastíos y los hondos pesares
Que abruman con su peso la neblinosa vida,
¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo
Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
La lengua de las flores y de las cosas mudas!


Charles Baudeleire. Spleen e Ideal.



 
















lunes, 5 de diciembre de 2011

Concierto para cello de Haydn. Y cuatro piezas marxistas




Sobre el Anti-Dühring
Manuel Sacristán
No se trata, naturalmente, de que el marxismo carezca de motivaciones morales. Marx ha dicho, criticando a Feuerbach, que la palabra comunista no tiene contenido meramente teórico, porque significa militante de un determinado partido, en lo que va implícito un reconocimiento de componentes morales en cualquiera que tenga derecho a llamarse comunista en el sentido de Marx, pues el militar en un partido es resultado de una decisión, cosa de la moral. Pero el marxismo se caracteriza en ese punto por la afirmación de que el contenido de los postulados morales debe buscarse en la realidad. Un ejemplo muy claro de la dialéctica de moral y realidad en el pensamiento marxista se encuentra precisamente en el Anti-Dühring, en el capítulo X de la primera sección, cuando Engels define el contenido del concepto moral de igualdad para el movimiento obrero y para el socialismo científico. Igualdad no es para el marxismo un postulado abstracto independiente de la realidad, sino la postulación de algo con positiva viabilidad histórica y con un contenido determinado por ella, a saber, la supresión de las clases sociales: "[...] el real contenido de la exigencia proletaria de igualdad es la exigencia de la supresión de las clases. Toda exigencia de igualdad que vaya más allá de eso cae necesariamente en el absurdo". Las ideas morales son, como toda la cultura (sobreestructura) función de la base económico-social, de la vida real de los hombres. Están, aunque muy complicada y mediatamente, determinadas por esa base y así son o bien racionalizaciones de la misma, o bien pesimistas justificaciones de ella, o bien protesta contra ella. En este último caso -que es el del movimiento obrero-, las ideas morales sólo tienen verdaderamente sentido si contienen una crítica racionalmente justificada de la realidad con que se enfrentan, si su contenido significa futura realidad previsible, y si se insertan en el marco de una concepción del mundo que, sobre una base científica, sea capaz de explicar primero y organizar después la realización de aquellos contenidos.


Socialismo y cultura
Antonio Gramsci
La cultura es cosa muy distinta. Es organización, disciplina del yo interior, apoderamiento de la personalidad propia, conquista de superior consciencia por la cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene, su función en la vida, sus derechos y sus deberes. Pero todo eso no puede ocurrir por evolución espontánea, por acciones y reacciones independientes de la voluntad de cada cual, como ocurre en la naturaleza vegetal y animal, en la cual cada individuo se selecciona y especifica sus propios órganos inconscientemente, por la ley fatal de las cosas. El hombre es sobre todo espíritu, o sea, creación histórica y no naturaleza. De otro modo no se explicaría por qué, habiendo habido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y egoístas consumidores de ella, no se ha realizado todavía el socialismo. La razón es que sólo paulatinamente, estrato por estrato, ha conseguido la humanidad consciencia de su valor y se ha conquistado el derecho a vivir con independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que se afirmaron antes históricamente. Y esa consciencia no se ha formado bajo el brutal estímulo de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de algunos, primero, y luego, de toda una clase sobre las razones de ciertos hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, de ocasión que eran de vasallaje, en signo de rebelión y de reconstrucción social. Eso quiere decir que toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al principio refractarios y sólo atentos a resolver día a día, hora por hora, y para ellos mismos su problema económico y político, sin vínculos de solidaridad con los demás que se encontraban en las mismas condiciones. El último ejemplo, el de la Revolución francesa. El anterior período cultural, llamado de la Ilustración y tan difamado por los fáciles críticos de la razón teorética, no fue -o no fue, al menos, completamente ese revoloteo de superficiales inteligencias enciclopédicas que discurrían de todo y de todos con uniforme imperturbabilidad, que creían ser hombres de su tiempo sólo una vez leída la Gran enciclopedia de D'Alembert y Diderot; no fue, en suma, sólo un fenómeno de intelectualismo pedante y árido, como el que hoy tenemos delante y encuentra su mayor despliegue en las Universidades populares de ínfima categoría. Fue una revolución magnífica por la cual, como agudamente observa De Sanctis en la Storia della letteratura italiana, se formó por toda Europa como una consciencia unitaria, una Internacional espiritual burguesa sensible en cada una de sus partes a los dolores y a las desgracias comunes, y que era la mejor preparación de la rebelión sangrienta luego ocurrida en Francia.


La psicología de masas del fascismo
Wilhelm Reich
A pesar de la urgencia de los estratos inferiores de la clase media -bajo la presión de la crisis- de formalizar alianzas organizativas, la competencia económica que enfrentaban las pequeñas empresas operaba en contra del establecimiento de un sentimiento de solidaridad equivalente al de los trabajadores industriales. Como consecuencia de su situación social, el individuo de la clase media baja no podía aliarse ni con su propia clase ni con los obreros. No podía hacerlo con su clase porque, al interior de ella, reinaba la ley de la competencia, y tampoco con los trabajadores, porque su mayor temor era precisamente la proletarización. Sin embargo, el movimiento fascista logró construir una alianza dentro de la clase media baja. ¿Cuál fue la base de esta alianza en cuanto a la psicología de masas?
Hallamos la respuesta a lo anterior en la posición social de los empleados públicos y privados de la clase media y baja. La posición económica del empleado promedio es inferior a la de los trabajadores industriales calificados; esta situación más precaria, de algún modo se ve compensada por la exigua perspectiva de hacer carrera y, en el caso de un empleado gubernamental, por una pensión vitalicia. De modo que, bajo la autoridad del gobierno, prevalece una actitud de competencia hacia sus colegas, lo que se contrapone al desarrollo de la solidaridad. La conciencia social del empleado no está influenciada por el destino que comparte con sus compañeros de trabajo, sino por su actitud respecto al gobierno y a la "nación". Ello se traduce en una total identificación con el poder del Estado 3 y, en el caso del empleado de una compañía, en su identificación con la misma. Es tan sumiso como el trabajador industrial. ¿Por qué, entonces, no desarrolla un sentimiento de solidaridad como sucede con el trabajador de la industria? Esto se debe a su posición intermedia entre la autoridad y el conjunto de los trabajadores manuales. Aunque es un subordinado de los que se encuentran en la cima, para los que se sitúan por debajo de él, constituye un representante de la autoridad y disfruta, como tal, de una posición moral (y no material) de privilegio. En términos de psicología de masas el arquetipo de este personaje en el ejército es el sargento.


Marx y los marxismos
Francisco Fernández Buey 
Marx quería el comunismo, claro está, pero no lo quería crudo, nivelador de talentos, pobre en necesidades; aunque su tono a veces profético, como el del trueno, parecía negar el epicúreo que había en él. ¿Será el escándalo moral que produce la observación de las desigualdes sociales lo que hace proféticos a los epicúreos? Sea como fuere, Marx estableció sin pestañear que la violencia es la comadrona de la historia en tiempos de crisis; pero al mismo tiempo criticó sin contemplaciones la pena de muerte y otras violencias. Marx postuló que la libertad consiste en que el Estado deje de ser un órgano superpuesto a la sociedad para convertirse en órgano subordinado a ella, aunque al mismo tiempo creyó necesaria la dictadura del proletariado para llegar al comunismo, a la sociedad de iguales.
Marx, el Marx que se leerá en el siglo XXI, nunca hubiera llegado a imaginar que un día, en un país lejano cuya lengua quiso aprender de viejo sería objeto de culto cuasirreligioso en nombre del comunismo, o que en otro país, aún más lejano, y del que casi nada supo, se le compararía con el sol rojo que calienta nuestros corazones . Pero aquel tono profético con el que a veces trató de comunicar su ciencia a los de abajo tal vez implicaba eso. O tal vez no. Quizás el que esto haya ocurrido fue sólo la consecuencia de la traducción de su pensamiento a otras lenguas, a otras culturas. Toda traducción es traición. Y quien traduce para muchos traiciona más.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Tener y no tener





Una mujer digna. La almendra de la política.





REYES MATE 17/04/2003

El mismo día que Lula colocaba el pan como objetivo mayor de su política, nos desayunábamos con dos noticias contradictorias: la Ópera de Buenos Aires pedía como precio de entrada la entrega de una lata de conserva y Fraga Iribarne ponía en solfa a quienes mandaban comida para voluntarios y damnificados por el chapapote, porque eso "no corresponde al estado de la sociedad gallega, que, afortunadamente, no es tercemundista".
Mientras que para los políticos de Brasil o Argentina la comida es el primer problema político, para un político de la Unión Europea es casi una ofensa. La política tiene aquí otras tareas mucho más elevadas que dar de comer: crear riqueza, repartir el poder, promocionar la igualdad o proteger la libertad.
Puede que la política tenga que ocuparse de salvar al hombre, una vez que le ha dado de comer, como decía un sabio antiguo. Lo que, sin embargo, resulta inquietante es el afán de la cultura política en borrar de los programas la tarea de dar de comer, como si el hambre fuera un objetivo que desmerece. Tan persistente como el hambre en el mundo es la voluntad por desplazar de la agenda política su tratamiento. Esa tenacidad no es constatable sólo en la política reciente, sino en los hitos del pensamiento que han marcado la cultura política a lo largo de los siglos.
Como "del lobo, un pelo", he aquí un par de casos, a modo de síntomas. Si uno lee Aristóteles, por las buenas, se encuentra con que el noble arte de la política, esto es, el arte de resolver los conflictos humanos por medio de la razón y la moral, tiene por origen el hecho de que la sociedad tiene dos partes o partidos: los pobres y los ricos. Y la política consiste en hacer justicia, en hacer frente de común acuerdo al desequilibrio existente. Lo que hace tan díficil este arte es que "los pobres siempre buscan la igualdad y la justicia, mientras los poderosos no se preocupan en absoluto de ello". Los ricos ya saben cómo vencer a la pobreza, así que ¿para qué ponerse de acuerdo con los pobres? Mejor harán éstos en seguirles o al menos en dejarles que ellos se ocupen de todo.
Y así ha sido. La política ha optado por el "modelo Savonarola". Este religioso iluminado, líder de una de las revueltas más sonadas contra los señores feudales, protagonizadas por campesinos pobres y burgueses emergentes, recomienda a los pobres, una vez conseguida la victoria, que se vayan a casa y centren sus energías "en la renovación interior y no ya en la lucha contra la riqueza", que de las cosas de este mundo se encargarían los ricos. Los ideólogos desacreditan al materialismo, que es la espiritualidad de los pobres, tan pronto como las reivindicaciones de éstos pueden influir en la cuenta de resultados.
La modernidad vio pronto -para eso viene del Siglo de las Luces- que el problema pendiente de la política era la permanencia de los dos partidos más viejos de la sociedad: el de los pobres y el de los ricos. Y tuvo el valor de llamar a esa desigualdad injusticia, dando a entender que su existencia no era un hecho natural, ni un designio de los dioses, sino una creación del hombre. Para Rousseau, la riqueza era una apropiación indebida, un robo. Y ¡cuántos sufrimientos se hubiera ahorrado la humanidad, dice, si alguien, ante la primera cerca levantada por el hombre para señalar que aquello era suyo, "hubiese gritado a sus semejantes: guardaos de escuchar a ese impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no pertenece a nadie". La modernidad, esto es, la llegada del hombre a su madurez, debía dar una respuesta adulta a la injusticia que suponía la existencia de desigualdades sociales. Y la respuesta fue, de nuevo, el "modelo Savonarola", pero envuelto en papel de regalo. Si para un ilustrado no había duda de que en toda riqueza había un momento de injusticia, fruto de la cual eran las desigualdes sociales actuales, la mejor solución era declarar a todos iguales. En vez de hacer justicia se expide un certificado de igualdad. Eso es el famoso Contrato Social, una amnistía general a los herederos de robos pasados a cambio de un carnet de ciudadano en el que se eleva a los pobres a la dignidad de los ricos. Es una mala respuesta a una buena pregunta. Hay algo de inmoral en esta igualdad moderna que se expide para acallar la memoria, para legitimar el origen violento de las riquezas presentes.
El colmo del abuso ideológico está ocurriendo estos días, bajo nuestros ojos. No contentos con hacernos creer que el carnet de identidad -el reconocimiento de que todos somos ciudadanos- canjea todas las injusticias pasadas, nos hemos empeñado en construir teorías de la justicia para las que el problema no son las injusticias -la división de la sociedad en pobres y ricos-, sino el reparto equitativo de la libertad. La justicia ya no es una distribución equitativa del pan, sino de la libertad, como decía el agudo jurista argentino Santiago Nino. La libertad se lo ha comido todo. En efecto, estas teorías contractualistas omnipresentes nos quieren hacer creer que la justicia consiste en crear reglas de juego, aceptadas y planteadas por todos, que determinen lo que es justo o injusto. Hacer justicia es decidir libremente lo que es justo y para ese viaje pobres y ricos, víctimas y verdugos tienen que olvidarse de lo que son, de lo que han sufrido, de lo que han heredado, pues sólo entonces pueden decidir imparcialmente. Cuando hablamos del liberalismo, santo y seña de la modernidad, es a esta fagocitación del pan y de la experiencia por la libertad en lo que hay que pensar.
Estos planteamientos, amparados por una colosal industria cultural, se han apoderado tan fuertemente de nuestras conciencias que hasta la gente más de izquierda, cuando habla de igualdad, habla de "igualdad en la libertad". Se entiende lo que quieren decir: que de poco vale la libertad si carece de medios materiales para realizarse. Eso está bien, pero el desliz lingüístico es altamente significativo, porque uno puede tener esos medios materiales, gracias a políticas de solidaridad, y seguir pendiente la causa de la justicia. Y no es que la libertad no sea importante, pero la política empezó por el pan.
Que el liberalismo no va a acallar a los pobres, ni detener las ruedas de la historia, es algo que tienen muy claro políticos, como Lula, que han pasado hambre. Benjamin desvelaba la razón de esa inevitabilidad cuando escribía: "Mientras haya un mendigo, habrá mito". No quería decir sólo que el hambre es un generador inacabable de utopías redentoras, sino algo mucho más orientado a los que comen. Éstos están o estamos poseídos por el convencimiento inconfesado de que las diferencias sociales son injusticias porque las ha causado el hombre. El término mito evoca aquí un sentido de culpabilidad, entre los saciados, por la miseria del mundo. La existencia de un solo mendigo impide a la política liberal descansar en paz. Por mucha ideología tranquilizante que segrege la intelligentzia del Primer Mundo, cada vez que alguien relacione política con moral activará un mecanismo que producirá desasosiego en media humanidad. Lula acaba de hacerlo al plantear el derecho de los pobres a comer tres veces al día. Es un programa modesto que no tiene los altos vuelos de la tríada libertad, igualdad y fraternidad (la cínica burguesía española traducía por "café, copa y puro"), pero que tiene el mérito de reconducir la política a su origen natural. Y es que, como decía Bloch, "el hambre es la primera lamparilla en la que hay que echar aceite".
Reyes Mate es profesor de investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Brevísima miscelánea procaz de CDJ

El bueno de mi amigo, el eserita y voluble Captain, me manda esto. El último epigrama creía yo que era una reflexión teológica, pero se ve que sirve tanto para un roto religioso como para un descosido sicalíptico. Qué cosas tiene Captain ...




              Del cuarto milenio antes de nuestra era: la estatuilla de una pequeña mujer (¿hetaira, reina, bruja, guerrera?), hallada en un túmulo de las estepas: morena (creo), casi desnuda (diadema, collar de cuentas, cinturón, sandalias), ojos verdes (imagino) pequeños y profundos, finas piernas y finos brazos, nalgas caídas en un culo melocotón, delgadas arrugas en manos, sienes y pecho, senos  pequeños con uvas, pubis de ralo vello gris (supongo), panza tirante y esférica. Y una sonrisa que es un cascabel.


            Los cuerpos en la playa, esféricos y exultantes, triunfadores.


             Cuando oigo reír a las mujeres,… cuando oigo reír a las mujeres,…
          (… )
          Oigo reír a las mujeres.


             Estirpe maravillosa: nuestro linaje comenzó su jornada de amor husmeando ingles y axilas y hoy, en la misma busca, teclea en Internet.


               Nunca estuve más cerca de él que cuando, tras rebasar las altas peñas blancas, reposé cerca de la fuente. La quietud de la piedra, la suavidad del musgo, la fuerza del agua me sedujeron y me ensimismé. Allí, en las aguas fluyentes, estaba dios, El Que No Es. Rocé el musgo de la piedra y bebí y me embriagué.




jueves, 1 de diciembre de 2011

El lado más salvaje de la vida

Tienen razón. Ya está bien de demagogia, de buenismo y de blandura. Es una obviedad que no podemos mantener un sistema de vida apuntalado en una estructura estatal dilapidadora y en una cultura hedonista y complaciente.

Es el empleo el que nos sacara de este pozo en el que nos hemos sumido de repente, cuando la burbuja de un sistema lenitivo de nuestras propias responsabilidades, ha estallado. Son precisas para fomentar aquel una serie de medidas que faciliten que los emprendedores puedan recurrir de modo fácil a la mano de obra a la hora de impulsar la producción y prescindir de ella cuando esta se retraiga por exigencias del mercado. Los requisitos para establecer empresas, la carga fiscal, la mal llamada carga social deben diluirse, ser lo mínimos para aligerar la inversión de partidas no productivas. De este modo habrá una expansión económica, fundamentada en la retroalimentación entre la inversión, el beneficio del capital, el fomento del empleo y el consumo. Este permitirá a los consumidores disfrutar de bienes y servicios de calidad y prescindir de la innecesaria invasión del estado en forma de impuestos y limitaciones legales a la libertad de elección. La libertad de enseñanza de los padres se verá de este modo garantizada. La cobertura sanitaria o asistencial abarcará estrictamente las necesidades de individuos y familias, el ciudadano se corresponsabilizará del uso de servicios públicos o de infraestructuras; de esta forma se evitará el abuso y la dejadez moral.

El estado, las diferentes administraciones deben ajustarse a permitir el desenvolvimiento natural de los impulsos individuales y mantener el orden social y reducir, por consiguiente, de modo drástico todo gasto que exceda estas premisas. El déficit del estado debe ser ahogado desde la raíz, no incurriendo en gastos e inversiones que deben quedar abiertos a la libre iniciativa de la empresa.

En suma, hemos de derribar los muros que limitan la libertad y la iniciativa personal. Solo así es posible una prosperidad continuada y una vida moral.

Viva Mariano (y José María, y George, y Angela, y Joan, y la madre que nos parió).